sábado, 27 de marzo de 2010

LA "CULTURADE LA MUERTE VS. LA CULTURA DE LA VIDA"

Desde hace aproximadamente 50 años en todo el planeta se ha intensificado una conspiración contra la vida de gigantescas proporciones. Desde entonces, los promotores de la "cultura" de la muerte ha intensificado sus esfuerzos y algunos de ellos se han vuelto más especializados y han presentado situaciones difíciles de combatir. Me refiero, entre otras cosas, a la contracepción, a la esterilización, y al aborto. Estamos viendo que el aborto, ya sea quirúrgico o el causado por los anticonceptivos abortivos, no es la única manera silenciosa y escondida en que la "cultura" de la muerte destruye a los seres humanos no nacidos. Lo es también el lamentable hecho, conocido por todos, de la manipulación de embriones humanos por la fecundación in vitro, la experimentación con embriones humanos y la misma clonación.
Por otro lado, están los crímenes de la eutanasia y del suicidio asistido. Éstos también ocurren en el silencio y a la sombra de las instalaciones médicas, o de la asistencia oculta de profesionales sanitarios. Revestidos así de una apariencia de legitimidad. Es parte del engaño de la "cultura" de la muerte, de encubrir la destrucción de la vida de un ser humano, mentir deliberadamente con una fachada de "piedad" o de "servicio a la humanidad".
Es necesario entonces profundizar en nuestro conocimiento sobre el avance sobre todo en las últimas 4 décadas que ha tenido la "cultura" de la muerte. Se precisa una reflexión que ahonde en las estrategias y engaños presentes de esta falacia. Se trata de identificar los nuevos "rostros" y sus agentes de la "cultura" de la muerte.
La necesidad de esa reflexión es apremiante, pues mientras más silencioso y desconocido es el avance, más difícil es de combatir. Existe el peligro de que la conciencia, aún la de los que aman la vida, se adormezca ante el sigilo de estas formas de injuriar la vida humana, con el consecuente debilitamiento de la acción en defensa de la vida. Ello hay que impedirlo a toda costa.
¿Qué es la "cultura" de la muerte?
El término "cultura" de la muerte se refiere a una mentalidad, a una manera de ver al ser humano y al mundo, que fomenta la destrucción de la vida humana más débil e inocente por parte de los más fuertes y poderosos, de los que tienen voz y voto. El término "cultura" de la muerte fue acuñado por el Papa Juan Pablo II en su Encíclica El Evangelio de la Vida, publicada el 25 de marzo de 1995.
Aunque en realidad, esta sinrazón comenzó en el umbral mismo de la historia del hombre, que por su propia voluntad, cayó en la trampa, y aunque se ha extendido desde siempre, ha sido en los últimos 2 siglos que esta "cultura" de la muerte ha asumido unas características sin precedentes. "...Estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de maldad y de odio, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera ‘cultura de muerte’ (El Evangelio de la Vida, núm. 12.).
¿Y qué es lo nuevo de esta "cultura" de la muerte? El Papa responde diciendo: "Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y --podría decirse-- aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública e incluso de los niveles más alto de los Estados justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte de sus gobiernos, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias" (El Evangelio de la Vida, núm. 4).
El Papa aquí nos dice que la nueva forma que ha asumido la "cultura" de la muerte es inédita (es decir, nueva, no tiene precedentes en la historia) y aún más inicua (es decir, peor que antes). Ello se debe, explicaba el Santo Padre, a que el progreso científico y tecnológico de los últimos tiempos, que por una parte es una bendición de Dios por todo el bien que hace, por otra, sin embargo, en manos de gente nefasta, ha sido utilizado para hacer el mal y para hacerlo a gran escala, como nunca antes.
Pero ello no es lo peor. Su Santidad Juan Pablo II explica que lo inédito, lo nuevo, de esta "cultura" de la muerte, es el hecho de que gran parte de la sociedad la justifica en nombre de una falsa libertad individual y que incluso ha logrado, en muchos países, que el gobierno la legalice y que un gran sector de la comunidad médica la practique. En el Evangelium vitae, Su Santidad Juan Pablo II alertó sobre lo que él llama la "libertad perversa”.
La preocupación del Santo Padre nació de la realidad de que "grandes sectores de la opinión pública justifican ciertos crímenes contra la vida en nombre de la libertad individual". El origen de esta "libertad perversa" se encuentra en una concepción de la libertad que "exalta al individuo aislado de forma absoluta y no da cabida a la solidaridad ni a la apertura y el servicio hacia los demás". En resumen, el Santo Padre dijo que en esta temática cuando un individualismo extremista se interpreta como libertad, el resultado es la "cultura de la muerte".
Todo esto sobre la muerte de nonatos y el infanticidio es, intelectualmente hablando, enormemente deshonesto: los que defienden el matar bebes e infantes saben bien en el fondo de sus conciencias lo que están aconsejando. Sin embargo, muy pocos aceptan el verdadero nombre que merece: asesinar a seres humanos inocentes. Por eso lo llaman "derecho para abortar".
La esterilización, El aborto, La Eutanasia y la manipulación de embriones son los ejemplos más tristes de esta situación que hemos sintetizado. Ya no se trata principalmente de una matanza de seres inocentes por medio de guerras y atropellos bélicos, sino de una silenciosa y sutil, pero más aún increíble destrucción de la vida humana, que cuenta incluso con la aprobación de un gran sector de la sociedad, con el amparo de la ley y que es perpetrada precisamente por algunos de aquellos que se supone sean los primeros defensores de la vida: los médicos y demás profesionales de la salud.
Los programas de acción de la Conferencia Mundial de El Cairo y luego de Pekín han contribuido como una base definitiva de la “cultura de muerte” y el mismo documento de la Asamblea del Consejo de Europa de Estrasburgo de enero en el presente año, encuentra puntos allí.
Es lógico que tales ideologías hayan marcado y herido profundamente los derechos del hombre y el derecho a la vida. En estos documentos donde se habla de “derecho a la salud sexual y reproductiva”, en realidad se solicita no tanto el derecho a la salud sino más bien el derecho al aborto. Creo que sólo se puede usar un arma para detener esta cultura de muerte: la formación, sobretodo de nuevas generaciones a una cultura de vida sobre todo en Latinoamérica que aún conserva el amor a la vida y la Familia irreductiblemente.
El Santo Padre Benedicto XVI, decía en febrero de 2007 a la Academia Pontificia para la Vida: El derecho a la vida, es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. Lo afirma con fuerza la encíclica Evangelium vitae: "Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política" (n. 2).
La misma encíclica recuerda que "los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana" (ib.).

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