martes, 1 de octubre de 2013

¡Gracias por el amor y por la vida!





Fernando Pascual, L.C.

 Vivir es un don maravilloso. Se lo debemos a Dios, que es la fuente y el origen de todo lo que existe. Se lo debemos también a nuestros padres, que fueron creados por Dios y que colaboraron con Él, generosamente, en la tarea de dar vida.

        La gratitud hacia los padres brota, entonces, como un deber magnífico. Miramos a nuestros padres y los vemos enamorados, buenos, disponibles, sacrificados. Reconocemos en ellos un designio maravilloso que les supera y que les plenifica. Los vemos como ministros de vida, como colaboradores, como protectores, como educadores, como padres.
        Reconocer lo mucho que debemos a nuestros padres nos une a ellos de un modo íntimo y familiar. Descubrimos que su historia es también nuestra historia. No existiríamos si papá y mamá no se hubieran conocido, no se hubieran amado, no se hubieran comprometido, con un sacramento, a la fidelidad mutua y a la apertura a los hijos.
        Un día llegamos a aparecer, como parte de ese amor, como parte del dinamismo de la vida. Mamá fue quien lo supo primero. Luego la noticia llegó a ser compartida. La entrega mutua culminaba, desde el querer divino, en un nuevo hijo.
        Juan Pablo II lo explicaba bellamente en la Carta a las familias (1994): cuando los padres “transmiten la vida al hijo, un nuevo «tú» humano se inserta en la órbita del «nosotros» de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: «nuestro hijo...; nuestra hija...». «He adquirido un varón con el favor del Señor» (Gn 4,1), dice Eva, la primera mujer de la historia. Un ser humano, esperado durante nueve meses y «manifestado» después a los padres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado para que la nueva criatura pueda manifestarse como «don»“.
        El Dios que bendice el amor de los esposos con la vida es el mismo Dios que nos pide, que nos invita a caminar con un corazón agradecido y bueno. Si hemos recibido un gran regalo, si tenemos el don magnífico de la existencia, podemos llevarlo a su plenitud desde el dinamismo del amor: con una gratitud y un afecto profundo hacia nuestros padres, hacia quienes nos amaron, incluso a veces en medio de grandes sacrificios.
        Esa es la actitud más hermosa en los hijos: dar gracias a nuestros padres, tanto si están vivos como si ya han ido a presentarse ante Dios. Darles gracias porque se amaron y porque nos amaron. Darles gracias porque nos cuidaron y nos ayudaron en tantos percances y aventuras. Darles las gracias porque nos han dado el testimonio más hermoso que pueda recibir un ser humano: el de la entrega mutua unida a apertura generosa a la llegada de cada uno de nosotros, sus hijos.

Tomado de:   NOVEDADES FLUVIUM

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