jueves, 9 de diciembre de 2010

CRISTIANOS CATÓLICOS TIBIOS

LA TIBIEZA EN NUESTRA VIDA
Profanación de Iglesia


Sentimos molestia, furia, ante tantos embates a Cristo, a la Iglesia, al Papa, a los cristianos católicos. Vemos con tribulación profunda cómo se producen, aquí y allá, profanaciones de iglesias, ataques al Sacramento de la Eucaristía, robos y vandalismo de imágenes de la Virgen.


Diariamente vemos, la maquinación de enemigos furibundos que muestran su odio hacia la fe católica en la televisión, el cine, la política, la prensa, la literatura, Facebook, Twitter y demás redes sociales. Pero es más frecuente de lo que pensamos la actividad de un enemigo intrínseco, que a partir del interior de cada persona, desde el corazón, destruye, poco a poco, las virtudes, los valores, en fin toda moral en la sociedad cristiana católica.
Zapatero, irrespetuoso con escultura del Santo Patrono de España







Muchas veces el peor daño que hacemos a todo lo más sagrado en nuestras vidas, nace precisamente de la apatía, de la tibieza, de la incoherencia, de la pusilanimidad, de lo mundano en que viven  muchos creyentes católicos.










Somos tibios cuando en la familia los padres no van a misa. Seguramente llevarán a los niños al catecismo, prepararán la fiesta de la primera comunión. Pero luego, ¿qué ejemplo dejan a los hijos sobre la importancia de la eucaristía? ¿Qué hacen para que cada domingo los pequeños puedan ir a la eucaristía precisamente con sus padres, quienes se supone desean lo mejor para los hijos?
LA TIBIEZA DEL CORAZÓN


La tibieza está en nuestro interior, cuando la televisión es vista por todos y en todo momento, sin una sana disciplina, sin una vigilancia atenta, sin una presencia responsable de papá o mamá para evitar y explicar el porqué no, a cualquier programa que denigre al hombre o a la mujer, o que fomente la violencia, el odio, la soberbia, la pornografía, el adulterio, las relaciones sexuales fuera del matrimonio, la pereza, la vanidad etc. etc.

Somos tibios cuando lo que más importa es la manera de tener y ganar dinero lo más posible, de divertirse el fin de semana, de buscar el último grito de la técnica, mientras todo son quejas cuando vivimos las dificultades de la vida, o el sufrimiento inesperado. Entonces sí olvidamos la invitación de Cristo a desapegarnos de las riquezas y lo material, a confiar en la Providencia de un Padre que nos ama, a compartir nuestros bienes con los pobres, a vivir con los ojos en el cielo.


El enemigo tibieza está dentro del matrimonio cuando la castidad ha dejado de ser un valor, y se convierte en una opción “retrograda”. También cuando los esposos no respetan la doctrina católica que prohíbe el uso de contraceptivos, cuando no hay confianza a la hora de abrirse al don de un nuevo hijo que nace desde el amor conyugal abierto al amor divino; cuando en la familia se llega a recomendar a los hijos que usen el preservativo o los contraceptivos en vez de pedirles con una firmeza sustentada en la congruencia y llena de cariño que cuiden el tesoro de la pureza del corazón y del cuerpo, sin la cual es imposible ver a Dios.


NUESTRA TIBIEZA HACIA EL EXTERIOR


La tibieza está dentro cuando pisoteamos una y mil veces la fama de nuestros hermanos; cuando criticamos al familiar, al vecino o al compañero de trabajo; cuando no sabemos tender la mano para atender a quien nos ha ofendido; cuando no somos capaces de pedir perdón por tantas veces en las que herimos al otro con nuestra lengua asesina; cuando no somos capaces de dejar el propio programa personal para visitar a un familiar enfermo o para consolar a quien necesita una palabra de aliento; cuando no protestamos contra las autoridades de gobierno que toman decisiones que van contra nuestros hijos como la supuesta “educación sexual” que se reduce a “regalarles condones”; cuando no exigimos a nuestro diputado o senador que legisle de acuerdo a los intereses del pueblo y no según intereses personales o de partido.
Somos tibios cuando hemos olvidado el consejo de Cristo: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación” (Mt 26,41); cuando tenemos más confianza en una revista “light” donde se aconseja un poco de todo, que en el Evangelio; cuando a alguien se le hace hace fácil acosar a esa compañera o compañero del trabajo o la escuela, ofendiendo su dignidad; cuando alguno seduce a esa adolescente o jovencita a la que deja embarazada y luego la abandona cobardemente con el hijo que engendró o lo que es peor provocando con el abandono un aborto criminal de ese hijo despreciado; cuando aquel confía en el narcomenudista que le ofrece las drogas como el remedio a sus males; cuando no nos afianzamos a Dios a la hora de afrontar un momento difícil; cuando no tenemos humildad para reconocer nuestras faltas y no sabemos acudir a la misericordia divina en el Sacramento de la confesión.


El enemigo tibieza está dentro cuando nos hemos acomodado al mundo presente y ya no somos capaces de practicar la abnegación cristiana (cf. Rm 12,1-2); cuando no vivimos la humildad, sino que buscamos el aplauso de los hombres y el engreimiento de la propia satisfacción egoísta; cuando no controlamos la avaricia y ponemos nuestra confianza en la  salud o en las riquezas; cuando no sabemos decir un “no” firme y claro a una propuesta deshonesta, de una persona, un grupo, o un gobierno por ese maldito respeto humano que destruye tantas conciencias, tantos bebés como en el D.F. de México, el matrimonio y la familia como lo ha hecho el PRD de Marcelo Ebrard en la Ciudad de México, tanto Engaño a los que confían en el cómo AMLO en la República Mexicana, Chávez en Venezuela, Zapatero en España o Evo en Bolivia; cuando no estamos dispuestos a perder la vida con tal de seguir unidos al único que nos puede dar la Vida verdadera: Jesucristo.


Nos deben doler mucho todos estos ataques de fuera. Incluso hemos de saber responder, en la medida de las propias posibilidades, a quienes desean borrar el nombre de Cristo en nuestras sociedades. Pero sobre todo hemos de reaccionar ante ese enemigo interno: LA TIBIEZA, que nos carcome, que nos ahoga, que mata la vida de Dios en nuestras almas.
No podemos dejar que ese enemigo interior nos robe el tesoro más grande, más importante, más profundo que hemos recibido: la acción salvadora de Cristo. Que cada momento nos ofrece su perdón, su amistad, su paz, y nos conduce, poco a poco, al encuentro con un Padre que nos ama eternamente.


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